Parecía ser que todo iba mejor; que el curso había empezado
con buen pie; que en la balanza de los sentimientos, la felicidad le ganaba al
dolor. Creía estar acostumbrándome a no tenerte. Creía estar acostumbrándome a
mantenerte al margen. Y es ahí, cuando a la vuelta de la esquina, apareces con
tu chulería, tu pasividad, tu ‘aquí estoy yo y ahí te quedas’. Falsa alarma.
Nada ha cambiado. Si te veo se me derrumba el mundo encima. No puedo verte. Ni
siquiera puedo escuchar tu nombre. No soporto la idea de no tenerte a mi lado.
No soporto la idea de que tu nombre no me pertenezca. No soporto la idea de
estar sin ti; de no poder besarte, acariciarte, abrazarte, repetirte a cada
milésima de segundo que te amo, que eres
solo para mí, que cuando yo digo siempre, es SIEMPRE. No voy a aprender nunca.
No quiero. No puedo. ¿Qué te pasa? ¿Por qué has cambiado tanto? ¿Por qué? ¿Por
qué conmigo? No lo entiendo. No pido nada del otro mundo. No pido nada
imposible, ni mucho menos. Pido algo
fácil, sencillo; ese algo tuyo que me hace feliz. Demasiadas cosas que no
cuadran. Me decías ser el amor de tu vida y dime, ¿qué soy ahora?
No hay comentarios:
Publicar un comentario