Es cierto eso que dicen; "no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes".
Ese miedo, ese pánico escénico que entra cuando estas al borde de perder a alguien. Esas ganas de patalear, gritar, desaparecer, llorar. Esas ganas de que te trague el mundo en ese momento y no volver hasta que las aguas vuelvan a su cauce. Esas malditas ganas de detener el tiempo, echar la vista atrás y poder rectificar aquellos errores que hayas cometido. Es en ese instante cuando lo intentas todo, por activa y por pasiva. Sin importar el "como", el "cuando", el "donde" ni el "por qué". Asumes los errores que hace minutos defendías a capa y espada. Sabes de sobra que te has equivocado. Sabías hacia tiempo que algo iba mal y que tarde o temprano saldría a la luz de una manera u otra. Y si, hoy era la noche, hoy era el momento. Y cuando notas que todo está perdido, que se acabó, que un "que te vaya bien" y un "hasta siempre" invaden toda la conversación, entonces, aparece una luz tan tan pequeña que aún con lágrimas e nlos ojos consigues verla.
En ese momento respiras profundamente, te secas esas la´grimas y empiezas a dialogar. La conversación avanza y empieza a tomar un suave color. Aquellas nubes grises de tormenta se iban alejando cada vez mas. Y al fin el cielo despejado, lleno de estrellas; una noche intensa pero preciosa.
Una amistad recuperada, con fuerza, con confianza, nuevas oportunidades, nuevos proyectos, diferentes metas por conseguir.
- AMISTAD, esa era la clave.
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